Empiezo contando un sueño y me sale un manifiesto

Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

He contado ya aquí que el año pasado quedé finalista en el premio The Riverside del festival de novela negra Gaditanoir, pero lo que no he contado es cómo llegué a participar. Había visto la convocatoria hacía tiempo y me llamó la atención. El plazo para enviar el relato era bastante amplio, pero los días iban pasando y no me acababa de animar, así que terminé por decidir dejarlo pasar. Dos días antes del vencimiento, sin embargo, tuve un sueño, en el que sólo vi una escena: un hombre atado de pies y manos, con una mordaza en la boca, sumergido en el mar, haciendo esfuerzos vanos por subir a la superficie. Eso y nada más. Me desperté con la certeza inexplicable de que tenía que escribir ese relato y presentarlo a The Riverside. Era sábado por la mañana y el plazo terminaba al día siguiente, domingo, a las 23:59 h.

Tomando como punto de partida esa imagen, pasé el fin de semana entero escribiendo, parando para comer y poco más. Acabé agotada, pero logré terminar a tiempo un relato que me convencía lo suficiente como para enviarlo y así lo hice. Unos días más tarde recibía un e-mail comunicándome que había quedado entre los diez finalistas.

Tiempo después, me sorprendió descubrir por casualidad el caso de otro escritor, Javier Castillo, al que le había ocurrido lo mismo; de hecho, a juzgar por lo que cuenta en esta entrevista y alguna otra que hay por Internet, le ocurre con frecuencia. Mi conclusión es que los sueños tienen un papel de lo más interesante en esto de la creatividad, además de ser una vía del subconsciente para recordarte lo que de verdad quieres hacer. En mi caso, "¡Preséntate al concurso, haz el favor! Por si las dudas, aquí tienes una idea" fue el mensaje clave. Por cierto, El día que se perdió la cordura está en mi lista de lecturas para 2026.

Si cuento esto es porque hace poco tuve otro sueño. En esta ocasión no vi ninguna imagen que me sirviera de base para crear una historia; en su lugar, recibí una historia completa, no literaria, sino metafórica o para ser más clara, el discurso de mi inconsciente para explicarme, en el lenguaje figurativo que le es propio, algo que ya sabía, pero lo visto era necesario asentar y es que si quiero disfrutar de la escritura, para mí es necesario desvincularla de su éxito comercial.

En mi sueño, había encargado la instalación de unos muebles en mi casa y, de los dos hombres que vinieron a realizarla, uno se parecía mucho al cantante de un grupo que sigo desde hace años. A mi lado, mi pareja pensó lo mismo. "Ostras, cómo se parece a..." "Sí ¿verdad?" Cuanto más lo miraba, más convencida estaba de que era él, hasta que al final decidí soltárselo: "Oye, tengo que decirte una cosa: me encanta tu música". Y él, que seguramente esperaba algo relacionado con su trabajo de instalador, pegó un respingo al sentirse reconocido y luego me abrazó, de músico a fan, agradecido por mi comentario. En la siguiente escena, estaba dando un concierto con multitud de gente escuchándole, algo que, en mi sueño, hacía en sus ratos libres, sin afán de fama, reconocimiento o remuneración, sino por puro y simple amor al arte.

Desde muy temprano en mi vida, siento la pulsión de escribir ficción pero, por algún motivo, a ese amor innato por la literatura se pegó muy pronto la creencia insidiosa de que el éxito comercial era una condición sine qua non para ser escritora. Eso, unido a mi carácter perfeccionista, desembocó en un bloqueo crónico que me impedía terminar cualquier obra, aunque empezara muchas, porque vaya usted a saber qué es eso de "ser comercial" o qué le gusta a la mayoría de los lectores. También me parecía de lo más difícil acceder a una editorial y no digamos ya ganarse la vida con la escritura. 

Por si fuera poco, el marketing es para mí una eterna cuesta arriba. He cursado formación para escritores, he leído multitud de artículos y escuchado podcasts especializados, así que más o menos me hago una idea de lo necesario en este aspecto, pero es que oiga, esa no soy yo. Bastante que he encontrado mi género, aspecto al parecer muy conveniente para crear una "marca personal", gracias a The Riverside, porque lo que es al revés, definirlo yo, era un dolor de muelas más grande que elegir un coche sin tener carnet. Con eso y todo, una vez descubierto, la idea de condicionar el blog para escribir exclusivamente sobre relato y novela negra, siguiendo otro consejo marquetiniano frecuente, el de mostrarse al mundo como experta en tu categoría literaria, me produce ahogo.  Porque aunque escriba noir con un imprescindible "neo" delante que amplíe los límites del género o también me asfixio leo otras muchas cosas y para mí, leer y escribir son las dos caras de una misma moneda, el amor por la ficción escrita que, en el fondo, es el corazón de este sitio. 

Si lo anterior no fuera bastante y a riesgo de entrar en modo brasas, diré que la exposición pública no me atrae aunque, visto que, a pesar del pseudónimo, mi primer trabajo publicado por una editorial ha sido con mi verdadero nombre, tampoco tengo inconveniente en revelarlo. Dejémoslo en que el famoso "quiero ser artista, ser protagonista" no me define. Lo mío no son las fotos y videos en Instagram, al menos no las personales; de mis posibles libros, ya se verá.

Me ha costado, lo digo con toda sinceridad, una vida literaria llegar a estas conclusiones y soltar el "sueño", que seguramente ni siquiera es mío, de llegar a tener éxito como escritora. Eso no significa que no quiera publicar y que no vaya a hablar de lo que publico, claro que sí. No creo que haya quien escriba y no quiera que le lean. Lo que digo es que —por fin, gracias, Dios mío— ha dejado de pesarme en la conciencia como una condición y eso me da la libertad de escribir lo que quiera y como quiera y a ti, como siempre has tenido, la de leerme o no. 


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