Hace poco leí las bases de un concurso para novela corta. Se trata de un formato que quiero abordar antes de emprender el reto de escribir una de longitud estándar, además de que tengo un par de ideas que pienso que pueden funcionar bien. Así que revisé la convocatoria con atención y vi un requisito que no esperaba: el trabajo ganador pasaba a ser propiedad de la entidad organizadora.
No es infrecuente en los concursos literarios que las bases dispongan la cesión por el autor de los derechos de publicación, en especial si el premio lo convoca una editorial. A veces el importe del premio constituye un anticipo por esos derechos hasta un determinado número de ejemplares vendidos. Lo que me impactó en esta ocasión, fue la rotundidad: ni cesión de los derechos de publicación ni nada, la obra directamente pasaba a ser propiedad de la organización que convocaba el premio y lo más sangrante es que ni siquiera era una editorial.
Como mencionaba en Diario de una escritora sin etiquetas, no siento una presión por publicar o ganarme la vida escribiendo. Pero eso no quiere decir que esté dispuesta a regalar mi trabajo así, p'a siempre y de cualquier forma. Pensando en esto de la propiedad, palabra bastante recia, mi imaginación echa a volar y se llena de "ysís": ¿y sí acabo teniendo éxito como escritora? ¿y sí consigo una buena imagen de marca que acaba vendiendo bien? ¿y sí alguna editorial o productora se interesa en el futuro por esa historia? ¿Qué pasaría entonces? Pues que una entidad local, pequeña y desconocida, que encima no forma parte del mundo editorial, se quedaría todos los réditos que generara mi trabajo, malvendido a cambio del importe del premio, bastante bajito en este caso. Eso si la editorial o productora llegara a verla algún día, porque siendo propiedad de esa desconocida entidad, lo más seguro es que no volviera a ver la luz.
Esta reflexión me afianzó en la necesidad de ver la escritura con perspectiva. Como cualquier actividad artística, destacar en esto es muy difícil, no digamos ya vivir de ello, privilegio que parece reservado a muy pocos. Me da la impresión de que eso pone a muchos escritores en una situación vulnerable que nos presiona para ceder más de la cuenta con tal de vernos publicados, obtener algún reconocimiento o recibir una distinción que acredite que no estamos perdiendo el tiempo porque esto de escribir es muy duro, quien lo probó lo sabe, como dijo Lope de Vega (abajo una estupenda puesta en escena del poema)
He pensado mucho en esto y mi decisión es la de estimar mi esfuerzo en su justa medida, es decir, hacerme valer, sin preocuparme por lo que pase. Para mí, esa base del concurso por la que cedo la propiedad, así sea de cuarenta hojas, es inaceptable. Mi trabajo es mío. Más aún, son mis palabras, lo que equivale a decir que es mi voz. Claro que en mi caso es fácil; aspiro a desarrollar carrera en esto de la escritura, pero si no lo consigo, no me va a suponer ningún chasco, porque puedo seguir escribiendo, que para mí es lo importante. Publicar para mí no es "must" ni la ausencia de notoriedad me va a romper ningún sueño y eso me da la libertad de disfrutar el camino. Sé que muchos escritores lo verán de forma distinta y bien está; como el gazpacho, cada cual tiene su receta. Pero hay algo que no hay que olvidar y es que en la escritura, si se hace de forma auténtica, se quedan trozos de tu yo por todas partes; no sólo ideas, también sensaciones, inquietudes y hasta experiencias personales. Tu forma de ver el mundo se refleja en tus escritos, con el agravante de la exposición pública. En más de un sentido, para escribir hay que ser valiente. Por eso no entra en mis planes que otros se apropien del resultado del proceso.
